Alfred Rosenberg - El mito del siglo 20


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Alfred Rosenberg
El mito del siglo 20
Una valoración de las luchas anímico-espirituales de las formas en nuestro tiempo


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INTRODUCCIÓN
La totalidad de las actuales luchas exteriores por el poder constituyen repercusiones de un desmoronamiento interior. Ya se han derrumbado todos los sistemas estatales de 1914, aun cuando en parte siguen subsistiendo formalmente. Pero se han desmoronado también ideas y valores sociales, eclesiásticos y de interpretación del mundo. Ningún principio rector que esté por encima de todo, ninguna idea superior a todo domina de un modo incontestado la vida de los pueblos. Grupo contra grupo, partido contra partido, valor nacional contra dogmas internacionales, imperialismo rígido contra pacifismo en expansión. La finanza envuelve con cuerdas doradas los Estados y los pueblos, la economía es nómade, la vida desarraigada.

La Guerra Mundial, como comienzo de una revolución mundial en todos los terrenos, ha puesto en evidencia el hecho trágico de que si bien millones ofrendaron su vida, esta ofrenda, no obstante, ha beneficiado a otras fuerzas distintas de aquellas por las cuales los ejércitos estaban dispuestos a morir. Los muertos de la Guerra son las víctimas de la catástrofe de una época devenida carente de valores, pero al mismo tiempo —y eso lo comienza a comprender en Alemania un número, aunque hoy todavía reducido, de seres humanos— los mártires de un nuevo día, de un nuevo credo.

La sangre que murió comienza a revivir. Bajo su signo místico está teniendo lugar una nueva estructuración celular del alma popular alemana. El presente y el pasado aparecen repentinamente en una nueva luz, y para el futuro surge una nueva misión. La historia y el objetivo del futuro no significan ya lucha de clase contra clase, no ya conflicto entre dogma eclesiástico y dogma eclesiástico, sino la controversia entre sangre y, sangre, entre raza y raza, entre pueblo y pueblo. Y esto significa: combate de valor anímico contra valor anímico.

La interpretación de la historia sobre base racial constituye un concepto que pronto será considerado lógico y natural. A ella sirven ya hombres meritorios. Otros podrán completar en un futuro no muy lejano la construcción de la nueva imagen del mundo.

Mas los valores del alma de las razas, que son las fuerzas impulsantes tras la nueva imagen del mundo, no han llegado a constituir aun conciencia viva. Alma, empero, significa raza vista desde adentro. E inversamente es la raza el lado externo de un alma. Despertar a la vida el alma de la raza quiere decir reconocer su valor máximo, y bajo su dominio atribuir a los otros valores su posición orgánica: en el Estado, en el Arte y en la Religión. Es este el deber de nuestro siglo: partiendo de un nuevo mito de la vida, crear un nuevo tipo humano. Ello requiere coraje. Coraje por parte de cada uno en particular, coraje por parte de toda la nueva generación, y hasta aun de muchas generaciones venideras. Es que el caos no es refrenado jamás por hombres sin coraje y jamás aun ha sido estructurado un mundo por cobardes. Quien quiera ir adelante, debe entonces también quemar puentes tras de sí. El que se dispone a realizar un largo peregrinaje, ha de abandonar viejos enseres. El que aspira al Bien más elevado, debe doblegar lo inferior. Y frente a todas las dudas e interrogantes, el hombre nuevo del Primer Reich Alemán venidero conoce una sola respuesta : ¡mas yo quiero!




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